l estridente sonido del teléfono
logró disipar el
sopor que ya empezaba a gobernarme debido a los tediosos programas
televisivos
con los que pretendía sobrellevar las tres horas de turno.
De manera automática
levanté el tubo y pronuncié la ya tradicional
consigna:
-Centro de ayuda al suicida.
No recibí ninguna respuesta durante
unos segundos. Sólo
llegué a percibir el ritmo de una respiración
agitada, como de alguien que ha
efectuado una larga carrera o se encuentra muy nervioso y no logra
articular
una palabra. Al fin surgió la voz de una mujer,
débil y neutra:
-Voy a suicidarme.
Estuve a punto de exteriorizar una
señal de triunfo o
de íntimo regocijo porque al fin, primera vez, me tocaba
atender el llamado de
alguien dispuesto a tomar tan crucial decisión.
-¿Cuál es el medio que ha
elegido?
Comprendí que el largo silencio
obedecía a la sorpresa
o perplejidad por la inesperada pregunta. La que sin duda
jamás llegaron a
formular mi hermano y sus cuatro amigos -entre los que había
un sacerdote y un
psicólogo- al decidir, con la mejor buena voluntad y en un
gesto de generosidad
y altruismo, instalar un Centro de ayuda al suicida. Las veces que
habían
requerido mis servicios -casi siempre desde la medianoche hasta las
tres de la
mañana, al parecer el turno más
difícil de cubrir-, nunca el timbre del
teléfono me posibilitó establecer
comunicación con algún potencial suicida, por
lo cual llegué a reflexionar que, para el caso de
confeccionar datos
estadísticos, debía ser el horario menos tentador
y, por ello, el que reflejaba
un grado de mayor euforia y vitalidad en la gente.
-¿Cómo...?
Creí que ya había mordido
el anzuelo. La voz algo más
firme y el atisbo de interés en la pregunta parecieron abrir
la puerta para
alcanzar mi propósito. Marqué cada palabra como
si le hablara a un chico.
-Le pregunto qué medio piensa
utilizar para
suicidarse.
-No sé todavía...
-titubeó, desolada, como si hubiera
indagado sobre algo demasiado recóndito que no estaba
dispuesta a develar, y
tras una breve pausa, quizá urgida por el único
motivo de su llamado, inquirió
con brusquedad-: Quiero hablar con Danilo, por favor.
-No se encuentra en este momento -en seguida
comprendí
que no era la primera vez que llamaba sino que ya conocía a
mi hermano y sin
duda, por la infinita paciencia que lo caracterizaba y su deseo de
contagiar un
invariable optimismo a los demás, debía ser
alguien de permanente consulta-. Yo
ocupo su turno y trataré de ayudarla como podría
hacerlo él. Tenga confianza.
-Danilo es muy especial -la voz
llegó a ser un susurro
casi sensual-. Gracias a él pude sobreponerme dos veces,
pero ahora de nuevo
siento hundirme...
-¿Quiere decir que por tercera vez
va a intentar
suicidarse? -formulé la obvia pregunta con el
beneplácito de estar frente a un
caso ideal para desarrollar mi teoría sobre la verdadera
función que debía
cumplir el Centro-. Podría decirme qué
método ha empleado anteriormente.
-¿Método...? -de nuevo
pareció quedar con la mente en
blanco al plantearle algo que no figuraba en sus planes; al fin, como
si
recuperara algún fragmento del pasado, continuó-:
La primera vez con una hoja
de afeitar. Fue lo primero que encontré. Pero cuando la
sangre...
Se calló de pronto.
Presentí que el recuerdo de la
sangre manando de sus muñecas aún la
estremecía y sin duda, superado el
propósito homicida por efecto del horror o por el natural e
imperioso deseo de
supervivencia, debió buscar el auxilio de un chorro de agua
fría o una toalla
absorbente.
-Apeló a un recurso probadamente
ineficaz -procuré
exhibir la seguridad de quien da una cátedra sobre una
materia que domina a la
perfección-. Demasiado lento. Otorga tiempo para el
arrepentimiento y la
búsqueda de algún paliativo salvador.
Estadísticamente es el medio con menor
resultado positivo.
-Sin embargo Danilo me dijo que
había sido casi una
bendición. Me repitió muchas veces que haberme
salvado era un signo positivo y
debía tomarlo como algo providencial para poder seguir...
-Pero lo intentó por segunda vez -la
interrumpí en un
reproche casi agresivo, tratando de apartar la sombra pertinaz de
Danilo-. Eso
demuestra que no había superado el estado de
confusión y desequilibrio.
-Sí, lo mismo me dijo Danilo -la
reiteración del
nombre de mi hermano me dio la certeza de estar bregando contra un
adversario
poderoso y tal vez invencible-. Durante cinco meses estuvimos hablando
casi
todas las noches...
-Hasta que volvió a intentarlo
-recalqué con firmeza-.
Evidentemente los consejos de Danilo no lograron el efecto esperado.
-Traté de cumplir todo lo que
él me decía: apartar las
ideas pesimistas, ocupar el tiempo con alguna tarea, mirar todas las
cosas con
mucha fe y esperanza... -el sentido de culpa fue apagándole
la voz-. Pero no
pude. La soledad, esta casa tan grande, las noches interminables y
vacías. Entonces...
-Otra vez quiso liberarse.
-Sí.
-¿A través de
qué recurso?
-Una soga. Estaba en el cuarto del patio.
Creí que era
lo único que podría salvarme de tanta angustia.
La até al ventilador del techo
y...
Aunque de inmediato presentí el modo
como pudo
concluir esa operación, la impulsé a dar
detalles, con un regodeo casi morboso:
-Por favor, cuénteme qué
pasó.
-Me paré sobre una silla, hice un
lazo con la soga,
traté de imitar lo que vi en muchas películas
-trasuntó cierta vergüenza al
revivir la escena que había servido para demostrar su
torpeza e inexperiencia-.
Pero no resistió. El techo. Apenas aparté la
silla y quedé en el aire, el
ventilador se descolgó y...
Se detuvo, ahogada por un acceso de llanto. Con
el
incentivo de notarla tan frágil y desarmada,
comprendí que era el momento
oportuno para acometer la jugada final.
-¿Se da cuenta de que tantas
tentativas fallidas sólo
han contribuido a otorgarle mayor hueco y desorientación a
su existencia?
-Sí... -con extrema debilidad
admitió la sádica
acusación-. Por eso quiero hablar con Danilo. Él
es el único que...
-Olvídese de Danilo -inflexible,
traté de quebrar el
último vestigio de resistencia-. Debe aceptar que no le ha
dado el
asesoramiento adecuado. Ahora yo le brindaré la ayuda que
usted necesita. Tenga
confianza en mí.
Presentí que la demora en responder
obedecía a la
necesidad de asimilar una situación completamente diferente
a la de tantas
otras noches.
-Está bien. Si usted...
-¿Cuál es el medio que
piensa utilizar ahora?
-Aquí tengo un sobre con
insecticida, un cuchillo...
-imaginé que debía estar frente a una mesa
cubierta con elementos de acción
destructiva-. Y también una pistola, que ha sido de mi padre.
-Elija la pistola, sin la menor duda -no
procuré
disimular una manifestación de alborozo-. ¿Ya
comprobó si está cargada?
-Sí. Tiene tres balas.
-Perfecto -creí innecesario hacerle
notar que una bala
sería suficiente-. Ahora debe actuar con mucha serenidad. Es
un momento
fundamental. Al fin tiene la oportunidad de superar el bochorno y la
ignominia
que está sufriendo por causa de las malas experiencias
anteriores. ¿Estamos de
acuerdo?
-Sí -más que su voz
percibí la respiración, fuerte y
alterada, que revelaba una postura de tensión, a la
expectativa.
-Apóyela contra el pecho, a la
altura del corazón. No
debe tener miedo ni vacilación. Será
sólo un segundo. ¿Preparada?
-Sí...
-Apriete el gatillo -le ordené,
cortante-. ¡Ahora!
No tuve tiempo de analizar si habían
sido claras y
suficientes mis indicaciones. La contundencia del disparo
pareció perforarme el
oído y, de manera instintiva, aparté el
auricular. Luego de unos segundos, al
verificar el total silencio del otro lado de la línea, no
pude dejar de sentir
un legítimo orgullo por haber cumplido con solvencia una
ardua tarea.
El ruido de la puerta de calle me hizo colgar
el tubo
con rapidez. Adopté una posición relajada en el
sillón y procuré mostrar la
cara más apacible cuando entró mi hermano. La
sonrisa y la voz cantarina
reflejaron el habitual buen ánimo de Danilo.
-Hola. ¿Qué tal?
¿Cómo anduvieron las cosas?
-Muy bien -pretendí jactarme de la
eficacia con que
había ocupado mi turno-. Podría decirte sin temor
a equivocarme que esta noche
ha sido la más fructífera desde que funciona este
Centro.