n las distintas sociedades existe una serie de
reglas
implícitas en cuanto a la actuación que cada
individuo debe desempeñar en su
papel ante la sociedad, reglas derivadas, fundamentalmente, en
función de la
anatomía de cada individuo. Es aquí donde surge
la división de géneros basada
en arquetipos que se encuentran prendidos tanto al inconciente
individual como
al colectivo.
Este ensayo retoma la hipótesis de
que tanto la
feminidad como la masculinidad son productos culturales y, como todos
los
productos culturales, los géneros en que se clasifican
responden a nociones
arbitrarias y convencionales que pueden ser cambiadas si así
lo decide la
sociedad. Dado lo basto del tema se abordaran sólo algunos
de los modelos
estereotípicos más arraigados en el caso del sexo
femenino y para ello puede
servir de ejemplo un testimonio tomado de la revista Mujer
y Sociedad, citado en el libro El
gusano y la fruta de la escritora y antropóloga
Milagros Palma:
En el Piura para que la mujer pueda
parir debe vaciar la caja de madera en donde tiene sus joyas y
pertenencias más
apreciadas. Si con esto el parto no se acelera, ella reparte flores,
dulces o
pan entre los niños de la comunidad. Si el proceso sigue
siendo lento, el turno
es para la suegra, quien prepara un caldo de gallina para distribuirlo
entre
los pobladores del caserío.
Como bien señala la citada autora,
en este breve
testimonio podemos observar cómo de manera muy sutil se hace
alusión a una
renuncia a la riqueza por parte de la mujer, simbolizada
en el acto de deshacerse de
sus joyas y pertenencias más preciadas, renuncia simbolizada
a su vez como necesaria
para alcanzar un bien que se simboliza a su vez como mayor o
más deseable que
los bienes materiales, la maternidad. Y de las renuncias se pasa a las
ofrendas, aunque también la renuncia es una forma de
ofrenda, y estos dos
elementos, renuncia y ofrenda, hacen pensar en la necesidad de
expiación de una
culpa, culpa que radica en el goce sexual de la mujer, goce que
debió haber
tenido en el momento de engendrar al hijo que está a punto
de dar a luz, su
sufrimiento en el parto y las renuncias y tributos que tiene que
realizar son parte
del precio a pagar por aquel goce indebido, admisible sólo
en el varón.
Y es que en la mujer está bien vista
la función
reproductiva en cuanto a perpetuación de la especie pero no
en cuanto al placer
sexual que ésta puede encerrar; y así, se ensalza
la maternidad mientras se
censura el goce sexual relegando el papel de las mujeres al de
incubadoras que
sólo alcanzan su plena realización cuando pueden
cumplir esta función que la
sociedad les ha imputado y que para muchas llega a constituir la
única o, al
menos, la más fuerte razón de su existir.
La maternidad se convierte pues, el destino
ineludible
de toda mujer si es que ésta en realidad quiere ser
apreciada como tal ante la
sociedad. Porque después de que la infancia ha quedado
atrás, una mujer que no
ha sido madre es una mujer inacabada, inconclusa, porque no ha cumplido
con la
función primordial de su existencia que es la maternidad.
Maternidad que lleva
implícita en sí misma otro de los más
grandes ¿atributos? otorgados a las
mujeres en prácticamente todas las sociedades, su capacidad
de autosacrificio,
de renuncia, de sufrimiento.
Quién por ejemplo en nuestro
país no ha escuchado
hablar de “la sufrida madre
mexicana” que
constituye casi casi un emblema nacional del que todos (y todas)
debemos sentir
un gran orgullo. O quién en nuestro país no ha
observado el excesivo tributo
que se rinde a la maternidad, que redime a la mujer
prácticamente de cualquier
culpa, no sólo de la culpa original, sino de cualquier otra,
se puede ser
prostituta, asaltante o asesina, no importa, porque si se es madre se
está por
encima de cualquier otra que no lo sea, no importa si esa otra es
doctora,
literata o Premio Nóbel de la Paz.
Las
madres tienen un lugar especial dentro de nuestra sociedad, no importa
que
clase de madres sean, lo importante es que lo sean.
La maternidad constituye además de
todo el que sea
talvez el único medio eficaz para domesticar a la mujer y
garantizar la
prevalecencia del poder masculino. Si las mujeres no se encontraran de
alguna
manera “forzadas” por la sociedad y sus reglas
tácitas a cumplir con una
función biológica –además de
cargar con las implicaciones sociales que esta
encierra– que debería ser más bien
opcional, seguramente muchas de ellas dedicarían
gran parte de sus vidas a cultivar un desarrollo personal y profesional
que sin
duda las situaría en una posición más
igualitaria en cuanto a campos de poder
respecto de los hombres.
Lamentablemente por ahora parece estar lejano
el día
en que la sociedad, dirigida en su mayor parte por hombres, se atreva a
ver los
beneficios reales que tendría el dejar de explotar y someter
a la mujer en base
a sus características biológicas y se decida a
llevar a cabo una
desmitificación de la maternidad. Por ahora las mujeres que
han decidido
dedicar sus vidas a cosas distintas a la maternidad seguirán
siendo consideradas
como mujeres incompletas. No importa cuántos premios o
reconocimientos
internacionales pueda tener en su casa una mujer, si en esa casa no hay
también
un hijo, difícilmente dejará de ser vista por lo
demás con un dejo de
conmiseración porque no ha conocido “la dicha
más grande de una mujer” que es,
ser madre.
Basado en el libro El
gusano y la fruta. Palma, Milagros (1994).
Colombia,
Índigo Ediciones.