ntre mis citas favoritas se encuentra una del
pensador y escritor francés León Denis que dice:
“El dolor es una advertencia
necesaria, un estimulante para la actividad del hombre. Nos obliga a
volver en
nosotros mismos y a reflexionar; nos ayuda a dominar las pasiones. El
dolor es
el camino del perfeccionamiento.”
Y es que sin duda alguna, una de las experiencias humanas
más enriquecedoras,
porque es una de las que nos brindan mayor posibilidad de crecimiento,
es el
sufrimiento.
Aunque en una sociedad como la nuestra, donde
el
placer es pensado por cada individuo como el bien supremo, lo anterior
debe
sonar como un anacronismo indigno siquiera de ser tomado en cuenta. Lo
que es
más, las personas se encuentran tan ocupadas tratando de
“estar bien” que
difícilmente habrá alguien que quiera detenerse
por lo menos a pensar en
reflexiones de este tipo. Porque en nuestra época el dolor
es algo que hay que
evitar a toda costa, tanto que de ser posible no deberíamos
invocarlo ni con
el pensamiento y tampoco hacer referencia a él.
Hace mucho más de un siglo ya, en la
segunda
mitad del siglo XIX, año 1872 para ser precisos, el
filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche en su obra El
Nacimiento de la Tragedia
escribió: “En
el mediodía de su civilización los griegos
inventaron la tragedia; la
inventaron, por un exceso de salud; sólo un organismo fuerte
y
lúcido
puede ver de
frente
al sol cruel
del destino.”
Nietzsche tenía razón, a diferencia de los
griegos, la sociedad contemporánea
es demasiado débil para poder soportar siquiera la idea del
dolor. Pero lo
cierto es que el dolor está ahí, por
más que nos esforcemos en tratar de
negarlo, lo dicen los índices de suicido, lo gritan las
altas cifras de gente
deprimida y desesperada alrededor del mundo.
Y esa incapacidad de la gente de afrontar el
dolor como parte de la vida no es más que el reflejo de una
sociedad enferma,
por qué no decirlo, decadente. Contrario a lo que a muchos
les ha dado por
pensar, el problema no se encuentra tanto en lo que se ha hecho, sino
más bien
en lo que se ha dejado de hacer. La enfermedad no es el
“progreso” y, por lo
tanto, no es tampoco éste el que está causando
nuestra ruina como sociedad.
En el caso de las personas, por ejemplo, cuando
pensamos en una enfermedad normalmente tendemos a imaginarnos la
presencia de
algo ajeno al organismo y nocivo para este. El razonamiento
lógico que sigue a
esta idea es que hay que eliminar ese algo, extirpándolo o
aniquilándolo de
alguna forma. Pero muchas de las enfermedades son causadas o
desencadenadas más
que por la presencia de algo, por la ausencia de algo –la
falta de una
vitamina, por ejemplo, impide el funcionamiento adecuado del organismo
y éste
al ser más vulnerable es blanco fácil de agentes
agresores que en otras
circunstancias podría combatir con facilidad.
Así como nuestro organismo se
enferma cunado más
que sobrarle algo, le falta algo –el alimento o el
agua–, de manera análoga
nuestra sociedad se encuentra enferma no por exceso de progreso, si es
que eso
puede existir, sino por falta de cultura o al menos por falta de esa
parte de
la cultura que no se refiere al avance científico ni al
tecnológico y mucho
menos al económico. Es innegable que si en nuestras
sociedades hubiera tenido
lugar un avance filosófico y artístico similar al
ocurrido en los campos de la
ciencia y la tecnología hoy no nos encontraríamos
atrapados en este callejón
sin salida que parece ser la modernidad.
Pero la humanidad parece haberse enajenado
demasiado con el boom progresista que trajeron consigo la Primera
y la
Segunda Revolución
Industrial, y así, el último movimiento
intelectual importante del que podemos
dar cuenta es el de la Ilustración,
iniciada durante la segunda mitad del siglo XVII
(precisamente un siglo antes la Primera
Revolución Industrial). Ya para el
XIX, las sociedades, embriagadas
de los beneficios económicos que significaron los avances
tecnológicos, dejaron
de lado el desarrollo de las artes y la filosofía –las
cuales no representan precisamente una de las fuentes principales de
ingresos
para un país– sin pensar en el precio que tarde o
temprano tendríamos que pagar
por ello.
Y no es que en todo este tiempo no hayan
existido grandes pensadores ni grandes artistas, lo que digo es que el
desarrollo de la humanidad en estos campos no se ha dado de forma
paralela con
el desarrollo tecnológico, industrial y
científico. En cambio, la asimetría ha
llegado a ser tanta que
la falta de
desarrollo en esos otros campos ha creado un vacío tan
grande, tanto en las
sociedades como en los individuos, que hoy no vemos cómo
llenarlo.
Y de igual forma que se da por confundir lo
grandote con lo grandioso, en nuestra sociedad el exceso de
producción se ha
confundido con el avance, avance hacia una civilización
mejor. Pareciera que el
capitalismo logró extender su influencia más
allá de donde debía, sobrepasando
por mucho la esfera económica y trasladando su
filosofía a cada uno de los
campos de la vida del individuo.
Así, enfrascados en una
lógica de ser, de
existir, capitalista, los individuos se esfuerzan vanamente por
producir y
acumular bienes, atesorando cosas y objetos como si en ellos se
encontrara el
secreto de la felicidad. Y todo esto sólo para descubrir a
cada paso y con
dolor que la televisión nos engañó y
que ni siquiera con la adquisición de los
maravillosos productos que anuncia –aun en el caso de que
éstos nos brinden los
resultados ofrecidos– podemos alcanzar la
satisfacción que realmente estamos
buscando.
En algún momento de nuestra
desenfrenada carrera
hacia “el desarrollo” perdimos el rumbo, la
brújula, o simplemente empezamos a
preocuparnos más por la forma, en este caso por lo que se ve
y se toca: los
bienes materiales; y creímos que podíamos dejar
de lado el fondo, olvidarnos de
él, al fin y al cabo eso nadie
lo ve, y
si nadie lo
ve…
entonces
a nadie
le importa.
¿O si?
Pues oh decepción, porque
para sorpresa nuestra y de toda la humanidad parece ser que hay una
parte del
ser humano a la que si le interesa el fondo y esa parte de nosotros que
pensamos podíamos ignorar es la que nos está
creando el conflicto.
Dentro de los desordenes
psicológicos más
característicos de nuestra época se encuentra uno
conocido como narcisismo.
Dicho padecimiento es descrito por los especialistas como un conflicto
en la
personalidad del individuo originado por una preocupación
exagerada de la
imagen por parte de éste a expensas del yo.
Uno de los hallazgos más recientes y sorprendentes por parte
de quienes se
dedican a estudiar psicología es que cada época
de la humanidad ha estado
marcada por determinados padecimientos psicológicos, es
decir, que los
individuos de cada época han padecido desordenes mentales
que resultan ser
representativos de la etapa histórica que les
tocó vivir. Así que en este caso,
para quienes defienden esta teoría, el narcisismo en los
individuos no es más
que el reflejo proyectado por una sociedad que se encuentra ella misma
enferma
de narcisismo.
El narcisista es una persona que se preocupa
más
por su apariencia que por lo que siente, es decir, le importa
más su imagen que
lo que ocurre dentro de ella, dentro de su ser. Se crea una imagen de
perfección, para los demás y para sí
mismo, en donde todo está bien; el
narcisista luchará por mantener esta imagen a consta de lo
que sea, incluso de
sí mismo, de su verdadero yo.
Pero el
yo no es algo que se
pueda aniquilar
así nomás como así, no basta con que
nosotros queramos ignorarlo y hacer de
cuenta como si no existiera para que desaparezca. Se presenta entonces el conflicto que afronta la persona narcisista, la
terrible lucha que
debe librar a cada paso debatiéndose entre su yo
auténtico y la imagen que ha construido a expensas de
éste.
Este
conflicto se presenta básicamente porque el yo
auténtico no tiene nada que ver con la
imagen que el individuo se ha creado,
y lo que el ser realmente quiere no
tiene nada que ver con lo que se consigue a través de esa
imagen. Para tratar
de evitar la disonancia que todo este conflicto produce en su interior,
el
narcisista recurre a la negación o el bloqueo definitivo de
sus sentimientos.
Niega lo que siente, niega su dolor y sigue trabajando para mantener su
imagen
porque cree que puede encontrar la salvación en ella. Llega
un punto en que la
imagen y el yo se confunden
totalmente, un punto en que el narcisista ya ni siquiera sabe que tiene
un yo distinto al que él
ha inventado. La
imagen sustituye totalmente al yo y
esto crea un vacío enorme en el individuo, vacío
que inútilmente intentará
llenar alimentando a la imagen, incapaz de ver que es su verdadero ser
el que
grita desesperado.
La
descripción anterior puede ser fácilmente
adaptada a nuestra sociedad moderna,
donde importa más la apariencia que el ser, nos esforzamos
de forma casi
obsesiva por negar el dolor, y en lugar de ocuparnos del
vacío que nos invade
tratamos de llenarlo trabajando compulsivamente para adquirir bienes
que nos
ayuden a mantener la imagen que nos hemos creado: “Cuando la riqueza ocupa una
posición superior a
la de la sabiduría, cuando se admira más la
notoriedad que la dignidad, cuando
el éxito es más importante que el respeto a
sí mismo, la cultura misma
sobrevalora la ‘imagen’ y debe
considerársele narcisista.”
Analogías semejantes a la anterior
podrán
hacerse con otros padecimientos característicos de nuestra
época y cada uno
podrá tener su parte de verdad. Un hecho es seguro, en el
umbral del siglo XXI,
habiendo alcanzado metas materiales, avances científicos,
tecnológicos y en
fin, un nivel de “progreso” que hace dos siglos ni
siquiera hubiera podido ser
imaginado, la sociedad del hombre moderno no está siendo
capaz de brindarle a
éste el mínimo de satisfacción
necesaria para hacer de la vida un bien
deseable, realmente valioso por sí mismo. Nuestra moderna
sociedad, con todo el
avance logrado, se olvidó de guardar el equilibrio que
garantizara su salud.
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