Revista Exo


La Sociedad Moderna:
un Organismo Débil.

E

ntre mis citas favoritas se encuentra una del pensador y escritor francés León Denis que dice: “El dolor es una advertencia necesaria, un estimulante para la actividad del hombre. Nos obliga a volver en nosotros mismos y a reflexionar; nos ayuda a dominar las pasiones. El dolor es el camino del perfeccionamiento.”[1] Y es que sin duda alguna, una de las experiencias humanas más enriquecedoras, porque es una de las que nos brindan mayor posibilidad de crecimiento, es el sufrimiento.

Aunque en una sociedad como la nuestra, donde el placer es pensado por cada individuo como el bien supremo, lo anterior debe sonar como un anacronismo indigno siquiera de ser tomado en cuenta. Lo que es más, las personas se encuentran tan ocupadas tratando de “estar bien” que difícilmente habrá alguien que quiera detenerse por lo menos a pensar en reflexiones de este tipo. Porque en nuestra época el dolor es algo que hay que evitar a toda costa, tanto que de ser posible no deberíamos invocarlo ni con el pensamiento y tampoco hacer referencia a él.

Hace mucho más de un siglo ya, en la segunda mitad del siglo XIX, año 1872 para ser precisos, el filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche en su obra El Nacimiento de la Tragedia escribió: “En el mediodía de su civilización los griegos inventaron la tragedia; la inventaron, por un exceso de salud; sólo un  organismo  fuerte  y  lúcido  puede  ver  de  frente al  sol  cruel del  destino.”[2] Nietzsche tenía razón, a diferencia de los griegos, la sociedad contemporánea es demasiado débil para poder soportar siquiera la idea del dolor. Pero lo cierto es que el dolor está ahí, por más que nos esforcemos en tratar de negarlo, lo dicen los índices de suicido, lo gritan las altas cifras de gente deprimida y desesperada alrededor del mundo.

Y esa incapacidad de la gente de afrontar el dolor como parte de la vida no es más que el reflejo de una sociedad enferma, por qué no decirlo, decadente. Contrario a lo que a muchos les ha dado por pensar, el problema no se encuentra tanto en lo que se ha hecho, sino más bien en lo que se ha dejado de hacer. La enfermedad no es el “progreso” y, por lo tanto, no es tampoco éste el que está causando nuestra ruina como sociedad.

En el caso de las personas, por ejemplo, cuando pensamos en una enfermedad normalmente tendemos a imaginarnos la presencia de algo ajeno al organismo y nocivo para este. El razonamiento lógico que sigue a esta idea es que hay que eliminar ese algo, extirpándolo o aniquilándolo de alguna forma. Pero muchas de las enfermedades son causadas o desencadenadas más que por la presencia de algo, por la ausencia de algo –la falta de una vitamina, por ejemplo, impide el funcionamiento adecuado del organismo y éste al ser más vulnerable es blanco fácil de agentes agresores que en otras circunstancias podría combatir con facilidad.

Así como nuestro organismo se enferma cunado más que sobrarle algo, le falta algo –el alimento o el agua–, de manera análoga nuestra sociedad se encuentra enferma no por exceso de progreso, si es que eso puede existir, sino por falta de cultura o al menos por falta de esa parte de la cultura que no se refiere al avance científico ni al tecnológico y mucho menos al económico. Es innegable que si en nuestras sociedades hubiera tenido lugar un avance filosófico y artístico similar al ocurrido en los campos de la ciencia y la tecnología hoy no nos encontraríamos atrapados en este callejón sin salida que parece ser la modernidad.

Pero la humanidad parece haberse enajenado demasiado con el boom progresista que trajeron consigo la Primera y la Segunda Revolución Industrial, y así, el último movimiento intelectual importante del que podemos dar cuenta es el de la Ilustración, iniciada durante la segunda mitad del siglo XVII (precisamente un siglo antes la Primera Revolución Industrial). Ya para el XIX, las sociedades, embriagadas de los beneficios económicos que significaron los avances tecnológicos, dejaron de lado el desarrollo de las artes y la filosofía     –las cuales no representan precisamente una de las fuentes principales de ingresos para un país– sin pensar en el precio que tarde o temprano tendríamos que pagar por ello.

Y no es que en todo este tiempo no hayan existido grandes pensadores ni grandes artistas, lo que digo es que el desarrollo de la humanidad en estos campos no se ha dado de forma paralela con el desarrollo tecnológico, industrial y científico. En cambio, la asimetría ha llegado a ser tanta  que la falta de desarrollo en esos otros campos ha creado un vacío tan grande, tanto en las sociedades como en los individuos, que hoy no vemos cómo llenarlo.

Y de igual forma que se da por confundir lo grandote con lo grandioso, en nuestra sociedad el exceso de producción se ha confundido con el avance, avance hacia una civilización mejor. Pareciera que el capitalismo logró extender su influencia más allá de donde debía, sobrepasando por mucho la esfera económica y trasladando su filosofía a cada uno de los campos de la vida del individuo.

Así, enfrascados en una lógica de ser, de existir, capitalista, los individuos se esfuerzan vanamente por producir y acumular bienes, atesorando cosas y objetos como si en ellos se encontrara el secreto de la felicidad. Y todo esto sólo para descubrir a cada paso y con dolor que la televisión nos engañó y que ni siquiera con la adquisición de los maravillosos productos que anuncia –aun en el caso de que éstos nos brinden los resultados ofrecidos– podemos alcanzar la satisfacción que realmente estamos buscando.

En algún momento de nuestra desenfrenada carrera hacia “el desarrollo” perdimos el rumbo, la brújula, o simplemente empezamos a preocuparnos más por la forma, en este caso por lo que se ve y se toca: los bienes materiales; y creímos que podíamos dejar de lado el fondo, olvidarnos de él, al fin y al cabo eso  nadie  lo  ve,  y  si  nadie  lo  ve…  entonces  a  nadie  le  importa.  ¿O  si? Pues oh decepción, porque para sorpresa nuestra y de toda la humanidad parece ser que hay una parte del ser humano a la que si le interesa el fondo y esa parte de nosotros que pensamos podíamos ignorar es la que nos está creando el conflicto.

Dentro de los desordenes psicológicos más característicos de nuestra época se encuentra uno conocido como narcisismo. Dicho padecimiento es descrito por los especialistas como un conflicto en la personalidad del individuo originado por una preocupación exagerada de la imagen por parte de éste a expensas del yo. Uno de los hallazgos más recientes y sorprendentes por parte de quienes se dedican a estudiar psicología es que cada época de la humanidad ha estado marcada por determinados padecimientos psicológicos, es decir, que los individuos de cada época han padecido desordenes mentales que resultan ser representativos de la etapa histórica que les tocó vivir. Así que en este caso, para quienes defienden esta teoría, el narcisismo en los individuos no es más que el reflejo proyectado por una sociedad que se encuentra ella misma enferma de narcisismo.

El narcisista es una persona que se preocupa más por su apariencia que por lo que siente, es decir, le importa más su imagen que lo que ocurre dentro de ella, dentro de su ser. Se crea una imagen de perfección, para los demás y para sí mismo, en donde todo está bien; el narcisista luchará por mantener esta imagen a consta de lo que sea, incluso de sí mismo, de su verdadero yo. Pero el yo no es algo que se pueda aniquilar así nomás como así, no basta con que nosotros queramos ignorarlo y hacer de cuenta como si no existiera para que desaparezca. Se presenta entonces el conflicto que afronta la persona narcisista, la terrible lucha que debe librar a cada paso debatiéndose entre su yo auténtico y la imagen que ha construido a expensas de éste.

Este conflicto se presenta básicamente porque el yo auténtico no tiene nada que ver con la imagen que el individuo se ha creado, y lo que el ser realmente quiere no tiene nada que ver con lo que se consigue a través de esa imagen. Para tratar de evitar la disonancia que todo este conflicto produce en su interior, el narcisista recurre a la negación o el bloqueo definitivo de sus sentimientos. Niega lo que siente, niega su dolor y sigue trabajando para mantener su imagen porque cree que puede encontrar la salvación en ella. Llega un punto en que la imagen y el yo se confunden totalmente, un punto en que el narcisista ya ni siquiera sabe que tiene un yo distinto al que él ha inventado. La imagen sustituye totalmente al yo y esto crea un vacío enorme en el individuo, vacío que inútilmente intentará llenar alimentando a la imagen, incapaz de ver que es su verdadero ser el que grita desesperado.

La descripción anterior puede ser fácilmente adaptada a nuestra sociedad moderna, donde importa más la apariencia que el ser, nos esforzamos de forma casi obsesiva por negar el dolor, y en lugar de ocuparnos del vacío que nos invade tratamos de llenarlo trabajando compulsivamente para adquirir bienes que nos ayuden a mantener la imagen que nos hemos creado: “Cuando la riqueza ocupa una posición superior a la de la sabiduría, cuando se admira más la notoriedad que la dignidad, cuando el éxito es más importante que el respeto a sí mismo, la cultura misma sobrevalora la ‘imagen’ y debe considerársele narcisista.”[3]

Analogías semejantes a la anterior podrán hacerse con otros padecimientos característicos de nuestra época y cada uno podrá tener su parte de verdad. Un hecho es seguro, en el umbral del siglo XXI, habiendo alcanzado metas materiales, avances científicos, tecnológicos y en fin, un nivel de “progreso” que hace dos siglos ni siquiera hubiera podido ser imaginado, la sociedad del hombre moderno no está siendo capaz de brindarle a éste el mínimo de satisfacción necesaria para hacer de la vida un bien deseable, realmente valioso por sí mismo. Nuestra moderna sociedad, con todo el avance logrado, se olvidó de guardar el equilibrio que garantizara su salud.

Bibliografía:

León, Denis. Después de la Muerte. Disponible en:

http://www.espiritismo.cc/Descargas/libros/LeonDenis/Despues_de_la_muerte.pdf Fecha de visita: 28 de noviembre de 2007.

Nietzsche, Friedrich (2001). El Nacimiento de la Tragedia, Traducción de Andrés Sánchez Pascual. España, Alianza Editorial.

Lowen, Alexander (1987). Narcisismo o la negación de nuestro verdadero ser, Traducción de Humberto Sotomayor. México, Editorial Pax México.

Serna, Enrique. Contra la Higiene Mental. Letras Libres, 1999.
Disponible en: http://www.letraslibres.com/index.php?art=6126

Fernández Christlieb, Pablo. La Calidad de Vida. En revista mensual Memoria, número 176. Octubre 2003.

Fernández Christlieb, Pablo. Siglo XXI: Los simulacros, los cinismos y los incrédulos. En revista mensual Memoria. Número 167. Enero 2003.

Fernández Christlieb, Pablo. El Siglo Veinte: la abstractez, el caprichismo y la famitis.


[1] León Denis, Después de la Muerte, http://www.espiritismo.cc/Descargas/libros/LeonDenis/Despues_de_la_muerte.pdf

Fecha de visita: 28 de noviembre de 2007.

[2] Friedrich Nietzsche, El Nacimiento de la Tragedia. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

(España: Alianza Editorial, 2001), 53.

[3]Alexander Lowen, Narcisismo o la negación de nuestro verdadero ser. Traducción de Humberto Sotomayor.

(México: Editorial Pax México, 1987), 9.

Esmeralda García de Alba
Estudiante de Relaciones Internacionales
Instituto Tecnológico de Monterrey, México