Revista Exo


El sistema de gestión de calidad en la educación superior: fundamentos para un debate

El contexto de actuación

E

l Sistema de Gestión de Calidad se esgrime dentro de las Instituciones de Educación Superior (IES) latinoamericanas como una alternativa de trabajo académico, cuyos objetivos son sistematizar los métodos y procedimientos administrativos, fomentar la cultura de servicio y capacitar al personal, buscando la satisfacción del cliente (estudiante). Dentro de su fundamento filosófico se destaca una particular definición de calidad, la cual asume como cierto que es a través del sistema que se logra la formación integral del estudiante, alcanzando aprendizajes significativos derivados de la revisión constante de planes y programas de estudio, un esquema de evaluación cuantitativo y la planeación periódica de las actividades. Todo ello basado en procesos estratégicos derivados de las normas establecidas por la Organización Internacional para la Estandarización ó ISO (ISO proviene del griego iso, que significa igual).

Aunque a simple vista existe una clara tendencia internacional a sumarse a este nuevo paradigma de la calidad, lo cierto es que su implementación se ha visto franqueada por la natural resistencia del personal que labora en las instituciones educativas, quienes confrontan su propia cultura organizacional con los nuevos esquemas de trabajo administrativo, derivando en un nueva vertiente de la “práctica de resistencia”, que bien podría remitirnos a los postulados de Foucault, entendidas como estrategias de oposición a una realidad que se asume como natural. En este sentido, es el propio Giroux quien señala que “las resistencias” son todas aquellas conductas que manifiestan oposición frente a las estrategias externas (presentadas muchas veces como obligaciones cotidianas), que son impuestas a un grupo social y tienen por propósito fragmentar las formas de dominación (explícitas o implícitas) de cualquier sistema escolar ó social. El término puede entenderse también como elemento de protección social, el cual opera en las personas consciente o inconscientemente, y les lleva a tomar posición frente a las nuevas formas de abordar la realidad cotidiana; este bien puede ser el escenario que se está viviendo subrepticiamente dentro de las IES y sobre el que bien vale la pena reflexionar.
  
La realidad que confronta
 
A casi una década de haber iniciado en México la inserción de lo que se ha dado en llamar “Sistema de Gestión de Calidad” (SGC) dentro de la Instituciones de Educación Superior (IES), todavía persiste el debate en torno a las posibilidades reales de concretarlo en la práctica cotidiana. A pesar de las tan llevadas y traídas ventajas que su implementación traerá a la vida institucional, aún no es posible su justificación en términos del realismo que asume poseer, así como a las posibilidades de arraigo en el pensamiento y preconcepciones que acompañan a toda comunidad social. Es por ello que a continuación se establece una serie de consideraciones, los cuales pretenden aportar al debate de nivel, sin que ello los exima de su sentido crítico y visión analítica, derivada del necesario contrapeso que en cada ideología debe privar.
 
Iniciaré por aclarar que cualquier realidad, por certera que parezca, estará siempre supeditada a nuestra voluntad; nada puede estar exento de este principio ontológico. Tal como dijera alguna vez Gregory Bateson: “la realidad es cosa de fe”. Este aserto no deja lugar a dudas, lo que percibimos está en función de la vida emocional a la que nos debemos y en la que solemos abrevar en cada recreación de lo que asumimos como real. Con base en esto, nada incluido en los distintos niveles del universo puede ser objetivo. De acuerdo con Heinz Von Foerster ninguna observación (entiéndase concepción de lo real) puede hacerse sin observador. Como ejemplo baste un botón: el mar es visto de manera distinta por un niño, un marinero, un científico y un religioso; a la postre la realidad empieza siendo una alusión personal y termina convirtiéndose en una convención interpersonal. Basta con que muchos lo acepten así para que se asuma como cierto. Aquí radica la relatividad del universo.
 
Situándolo en el asunto que nos ocupa, el SGC pasa en su aceptación por al menos dos niveles de distinción: lo real y lo irreal. Sin duda dos hechos mentales cargados en principio de una psicología de la creencia (como acto de fe), hasta la más recalcitrante duda, pasando por la incredulidad y la ignorancia. Es precisamente este vertiginoso transecto de distinción lo que le da su relativismo, expresándose a través de diversos órdenes de la realidad, lo que William James designa como subuniversos. Dos preguntas pueden formularse en este momento: ¿Existe evidencia que asegure que el SGC funcionará en las IES, o es sólo la percepción ingenua de quien se dice observador imparcial? ¿O se trata acaso de un acto de fe, a la que subyace el dominio de uno de estos universos que referí líneas atrás?  Si esto es así, ¿Es posible implantar este “mundo real” sobre la conciencia colectiva de una tribu diferente? ¿Hasta dónde es posible la coexistencia pacífica entre dos cosmogonías encontradas? Antes de intentar responder a estas interrogantes, demos paso a nuevas disertaciones.
 
En un proceso de adquisición de nuevos saberes y certezas, donde la presencia del NO es necesaria para fines de pureza ideológica (negación entendida como la refinación de la verdad y no como su antítesis), es que se debe considerar en este análisis la posibilidad de que quienes estén propugnando por un sistema de calidad de tal envergadura únicamente estén llevando el mundo de las relaciones ideales al de las relaciones físicas. Dicho de otra manera, transmutan de lo que desean que el mundo sea (ideal), hacia lo que para ellos es (real). Una especie de conjugación de mitos y creencias, de opiniones y certezas absolutas que configuran ídolos y fetiches, tales como la eficacia, producto, proceso y demás deidades; una absoluta “encarnación de la verdad”. Quienes así se ostentan pasan por alto que los hechos puros y simples no existen (como ya se demostró anteriormente). Que tal como afirmara Protágoras, en todas las cosas hay dos razones contrarias entre sí.
 
Si nos acercamos al proceso de implementación del SGC, es posible entender por qué razón no ha podido ser totalmente aceptado por el grupo social a que está destinado. Quienes bajo las premisas de estar operando una estrategia totipotencial y omnipresente asumen como cierto que puede ser establecida de facto (sin tomar en cuenta que cualquier intento de esta índole no es sino una forma de situarse frente a la realidad), poseen la pretensión de atenerse al objeto como una referencia indiscutible, exenta de debates y contrariedades. A esto suele llamársele “ingenuidad”. Esto convierte, a toda la retahíla de axiomas de que consta el SGC, en simples enunciados que refieren al mundo tal como ellos lo ven y no tal como es; diferenciación epistemológica que bien cabría explorar.
 
Es así como no existen bases para aceptar que existe una verdad idéntica para todos; es decir, una forma de convivencia y entendimiento universal. Se trata ahora de entender que es la experiencia el punto de entrada y salida de nuestras percepciones. Sólo a través de ellas es posible ascender a lo real. En este sentido: ¿Qué nos dice la experiencia mediata e inmediata en torno al SGC? ¿Qué antecedentes y posibles consecuentes podemos derivar de ella? Por aquí podríamos empezar un nuevo debate.
 
Bajo estos referentes es que se concibe al conflicto derivado del deseo de instaurar el SGC como una condición necesaria, sin que ello signifique abandonar pretensiones mayores, tales como encontrar las formas y los medios de generar espacios éticos, y por ende sociales, de compartir realidades comunes, mismos que garanticen el frágil equilibrio entre lo individual y lo colectivo. Alcanzar la mejor solución (que no la verdad inmersa en el sistema), a través de la reflexión crítica y no del absolutismo ramplón al que suele recurrirse cuando se habla a favor de él, permitirá consensuar acuerdos tácitos, deudores de códigos morales y de valores, que aunque siempre transitorios condicionan y hacen posible una realidad colectiva.      
 
No se trata aquí de desacreditar de una manera simplistas al SGC y sus posibilidades sociales de instauración dentro de las instituciones educativas. Eso sería por demás bizzarro. Se trata de sostener de principio, citando nuevamente a Protágoras, que el hombre es la medida de todas las cosas. De las que existen, como existentes, de las que no existen, como no existentes. En otras palabras: estamos condenados al significado. ¿Y que significado tiene para nosotros el SGC? Buena pregunta sin duda. Lástima que casi nadie se haya preocupado por contestarla.
 
Hacer del SGC un “objeto puro de conocimiento”, parafraseando con Nietzsche, sería una peligrosa patraña conceptual, un paralogismo diría yo, cuando no una sofisma cargado de oscura intención. El propio Nietzsche asume que sólo existe un saber perspectivista, que depende de la voluntad del que observa, que pone en la mesa la totalidad de los afectos. Negar esto es en sus palabras “castrar el intelecto”.
 
Y es en este esquema de esterilización intelectual que se explica cómo algunos personajes pretenden imponer su objetividad, sin darse cuenta que se trata tan sólo de una subjetividad cuasi dominante. Añorando a Descartes afirman categóricamente que la diversidad es un espejismo, carente de mérito. Que la experiencia no es tan valiosa como conductora hacia la realidad. Que concebir al hombre frente a los hechos no tiene sustento. Le apuestan a la “razón pura”, al “camino recto”, a “una sola verdad”, asumiendo que siendo sólo una, aquel que la encuentre sabrá acerca de ella. Sumos sacerdotes del método al que afirman conocer y seguir, como diría Bordieu. Por ello abandonan toda reflexión y se dejan llevar por la lenitiva calma que ofrece el tálamo de su precaria epistemología del sujeto.
 
Primeras conclusiones
 
Para finalizar este modesto aporte, señalaría que el conocimiento, como hoy todos sabemos, es una construcción que se supedita a la experiencia del sujeto. No basta con una sucesión de datos, cifras e información sino se le identifica con un problema; esto es lo que le da un valor de uso a cualquier modelo de trabajo o convivencia, tal como el SGC. Pero no de aquel que nos llega de tierras lejanas y que nada nos dice de nuestro entorno. Sino existe conexión entre las formas de asociación, de comunicación, de reconocimientos y desencuentros, de colaboración y rechazo entre los protagonistas, nada podrá instituirse, por mucho que se acompañe por veladas amenazas y descalificaciones pueriles. El mayor problema en nuestros planteles educativos será llegar a entender que todo hombre y mujer tienen derecho a negar o afirmar, a elegir o rechazar, es decir, a valorar, tal como ya se ha hecho con respecto al SGC. Si a algunos les incomoda esto es ahora entendible. Ya David Hume señaló la falacia consistente en saltar campantemente del ser a la norma, de lo que es a lo que debe ser. Todo hombre y mujer se resistirá hasta el límite cuando su libertad, en cualquiera de sus formas, se vea comprometida. En esto han convertido al SGC, en la mítica espada de Demócles.
 
Ya en terrenos más pragmáticos, resulta curioso observar cómo al hablar del SGC dentro de las IES se soslaya la experiencia de quienes integran la comunidad docente, hecho por demás lamentable a la luz de lo antes esbozado. Resultaría útil una verdadera sociabilización del sistema que partiera de corregir este dislate, aunque para ello se requiere de sensibilidad y talento, binomio que resultaría en la integración de comunidades de diálogo y de aprendizaje. Se dice fácil, pero a la fecha no existe congruencia entre el discurso oficial que se exhibe y los hechos concretos que definen el trabajo institucional dentro de los planteles educativos. Lo que es más: no existe congruencia entre el discurso y quienes lo enarbolan.
 
Es así como queda abierto el continuo espacio-tiempo para extender el debate y la reflexión, esperando que ambos lleguen antes de que caiga la noche y no podamos “percibir” la realidad… aún con la nítida luz que el intelecto impone.   

 

Bibliografía

Autores Selectos. Friedrich Nietzsche. (2003). México. Grupo Editorial TOMO.

Bourdieu, P., J.C. Chamboredon y J.C. Passeron. (2003). El oficio del sociólogo. México. Siglo XXI Editores.

Foerster,  Heinz. V. (1994). Nuevos paradigmas, cultura y subjetividad. Buenos Aires. Paidós.

GIROUX, Henry. (1992). Teoría y resistencia en educación. México. Siglo XXI Editores.

Hume, David. Tratado de la naturaleza humana: ensayo para introducir el método del razonamiento experimental en los asuntos morales. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Consultado el 20 de diciembre de 2007 en: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/ SirveObras/ 123608432290235 09192513/index.htm..

William, J. (1889). Principios de la Psicología. Madrid. Daniel Jorro. En: Idea del constructivismo, López, P. R. Consultado el 19 de diciembre de 2007 en: http://www.periodismo.uchile. cl/cursos/psicologia/constructivismo.pdf.

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Sociología. El estructuralismo de Michel Foucault. Consultado el 20 de diciembre de 2007 en: www.puertasdebabel.com.

Manuel Villarruel Fuentes
Ingeniero Agrónomo, Maestro en Educación y Diplomado en Sistemas Educativos Abiertos y a Distancia. Actualmente es Profesor-Investigador de Tiempo Completo en el Instituto Tecnológico de Úrsulo Galván, Ver., México.
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